EL DESAHUCIO
Llega de las compras. Apenas lo suficiente para un día. Sus hijos la miran
alegres, ajenos al dolor que siente por no darles lo que quisiera y necesitan.
Los ojos de los niños tienen eso, que brillan a pesar de los dolores. La madre
se sienta junto a ellos e intenta devolverles la sonrisa y la esperanza. Solo
les queda su mutuo amor y ese pisito en las afueras. Cuarenta metros cuadrados
casi desamueblados. Pero es su hogar.
Al menos, hasta hoy.
Fuera, suenan pisadas. Fuera, al otro lado de la puerta,
una voz cruda y burocrática les insta a abrir. A abrir y marcharse. El hombre,
distante, rodeado de policías, les muestra un papel. No hay vuelta atrás, ni le
permiten siquiera una queja.
La mujer mira a sus hijos. Los coge de las manos, y
asiente con la cabeza mientras unos operarios entran en el hogar para recoger
sus pocas pertenencias. Las que la acompañarán a su exilio. Otra vez.
El piso, el hogar, el edificio entero queda de nuevo
desierto, especulado, vacío de humanidad y repleto de ambiciones. Desierto como
el corazón muerto de una mujer y los ojos eternos de dos niños.



