EL SÁBADO DESPUÉS DE TI
Decenas de ojos brillando en la oscuridad
mientras hay corazones destrozados
y cerebros pensando en una apagada
sonrisa.
La brisa nocturna sólo consigue abrir
las heridas
causadas por las edades de la piedra y
el agua,
y enferma, aún más, el carente
sentido.
No se grita porque el aullido es hueco
en una primavera marcada por el
estigma del invierno.
Morir en este momento sería un alivia
a la tortura
de morir viviendo en un pasado casi
inalcanzable.
Lejanía de besos y caricias,
esmeraldas de noches,
diamantes de tardes perdidas en
escritos pasajeros
marcados de carmín.
Fármacos, sábanas húmedas, respiros
cortados,
y entre todo, un ángel caído de un
cielo propio
y de un propio infierno.
Da igual que busque otros caminos
diferentes
y que aparte en un rincón los viejos
momentos
mientras su luz llegue a iluminar un
poema.
Y una lágrima ronda el vacío de los
ojos,
y una grieta en el corazón que no
bombea
sino desesperación y ansia de ella.
Poder morir por su sombra, y también
matar
por cada uno de sus pasos de pies
desnudos.
Cadenas formadas por una música
recordatoria
en viejos lugares y en sufridos
momentos.
Volver a ser el esclavo y el mártir de
su causa,
y rozar, aunque sólo fuera una sola
vez,
su boca, y mojar su lengua.
¡Almas de sentidos y sentir el alma
poseída por un hada que hipnotiza la
vida!
Hoy está el cristal que da a la calle,
pero en ella no se encuentra su
cuerpo,
ese que enloqueció tanto un poema
platónico.
La noche no puede tapar la claridad de
sueños,
de ojos entrecerrados para no ver la
mísera
compañía de desconocidas.
El alcohol no puede engullir la mente
en torbellinos inmensos, huracanes de
vómitos.
La risa forzada no es rival de su
sonrisa,
y la algarabía sólo es una chanza, un
baile
con el desasosiego.
En una noche de sábado cansino,
morir de un frío que no proviene de
fuera
sino de dentro, de muy dentro.