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miércoles, 29 de abril de 2026

Poesía: La ciudad muerta

 LA CIUDAD MUERTA


Sabed que lo que escribo en esta carta 

es tan verdad como que no hay tumba sin un muerto,

que no estoy loco, ni enfermo, que eso se descarta

porque lo que os voy a contar es cierto

 

Hablo de una Ciudad Muerta y oculta

en el postrer valle tras el último desvío,

que aparece cuando el alma insepulta

divaga trémula en busca de un refugio frío.

 

No se encuentra en los comunes mapas intrincados,

ni la descubriréis a través del universo,

pero si recorréis los caminos ignorados  

la hallaréis sin duda al final del último verso.

 

Mas, ¡incautos los que llegan allí! 

Que no hay habitante que reciba al forastero

y una niebla, penetrante como un berbiquí,

atrapa con su manto gélido y traicionero.

 

¡No había nadie, ni nadie acudió a mi llamada!

Sólo respondían los sonidos del vacío.

Cada calle era abandono, tumba silenciada

  que me oprimía con la pesadez del hastío

 

 Caminé por avenidas desiertas de vida,

bajo un cielo desmayado y plomizo,

hasta encontrarme una larga avenida

en la que se erigía un edificio rojizo. 

 

Los ecos de mis pasos morían apagados

entre secas arboledas y mustios rosales.

Me faltaba el aliento, mis sentidos sesgados

por la creciente aprehensión a ignorados males.

 

Penetré por fin en la bermeja construcción,

recorrí sus intrincados pasillos

y llegué, tras mil recodos y una maldición,

hasta una enorme sala repleta de escarbillos.

 

Sentí el calor intenso que todo lo inundaba,

con temor vi el alto sitial ausente de dueño,

oí vago rumor de pasos que se acercaba

y recé porque todo fuera un sueño.

 

 

 

¡Mas no, no se cumplieron mis deseos!

¡La Bestia se presentó con su cuerpo escamoso!

Hui aterrorizado de sus siseos

que llamaban con aliento espantoso

 

No sé cómo, pero en frenética huida

escapé de la ciudad demencial,

y volví a este orbe, donde mi vida

ya no es más que un obscuro leganal.

 

Porque todo me provoca miedo, hasta la sombra

de la sombra de mi tenebrosa necedad.

¡En el rostro de la feroz Bestia, no me asombra,

vi mi rostro cubierto de maldad!

 

Que esa funesta ciudad invadida de niebla

no es otra cosa que el alma de quien a ella va.

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