INFIERNOS
La sala de espera
recoge rostros inanimados,
brazos exánimes,
quejidos del dolor que no cesa,
miradas perdidas en el vacío impreciso;
vidriosas,
ojerosas,
ávidas de ser
y ausentes al mismo tiempo.
Caronte asoma
-de vez en cuando-
un rostro inmutable por cotidiano.
Recorre con la vista la larga ausencia,
se encoge de hombros y regresa
a un pasillo
de mil
puertas.
¿No oyes la llamada de las sirenas?
El monótono acorde de una Voz,
la llamada imprevista y no deseada.
El peso muerto que se levanta
y crispa sus manos,
y avanza hacia el pasillo
de mil
puertas.
Los rostros que sólo miran
una última vez
antes de volver a escrutar al vacío
impreciso,
ávidos y ausentes a la vez.
La condena permanece,
la larga cola se diluye y se expande
como un corazón inquieto;
nada cambia,
nada permanece,
tan sólo las miradas perdidas en el vacío,
la voz de sirenas que llaman,
la mirada de Caronte
y el pasillo.