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miércoles, 10 de febrero de 2016

Microrrelato: Mi adorada Jean





            El cine era su única compañía. Tomás era un hombre sesentón e introvertido que apenas se relacionaba con nadie. Pero en el cine de aquel barrio se transformaba: amaba y odiaba, como los personajes cinematográficos. Pero lo que más le gustaba era ponerse en el lugar de esos héroes y besar a la actriz protagonista. La Simmons era su preferida, porque su belleza le llenaba el alma de paz y sosiego.
            
             Llegó el día de su cumpleaños. Cenó pronto y se dispuso a acostarse. Entonces llamaron a la puerta. Abrió. Su sorpresa fue mayúscula: fuera estaban sus héroes del cine. También las actrices. Boquiabierto, los dejó pasar. La última en hacerlo fue su adorada Jean Simmons. Llevaba una rosa en el pelo. Se la quitó y la puso entre las manos de Tomás, mientras lo besaba suavemente.
             
            El resto de la noche transcurrió entre saludos, brindis y felicitaciones. Por fin, agotado pero feliz, Tomás se quedó dormido en el sofá.
             
            A los pocos días, dado que no aparecía por su trabajo, la policía fue a su casa: lo hallaron muerto. Tenía los ojos cerrados y sonreía. Entre sus frías manos descubrieron una rosa, que aún permanecía fresca.

Francisco J. Segovia©Todos los derechos

martes, 9 de febrero de 2016

Mis libros en la Biblioteca Nacional de España

Tras la incorporación de "Los Náufragos del Aurora" (The Black House Editorial), al catálogo de la Biblioteca Nacional de España, ya son seis mis libros en solitario que aparecen en el mismo.

Enlace:

Tres microrrelatos desde Cádiz





LA CENA

            Los comensales se sentaron a la mesa y comieron la exquisita carne que les había obsequiado su amigo, y alabaron el buen gusto en su preparación. Alguno preguntó por la ausente esposa del anfitrión, pero ninguno sospechó que la habían estado degustando durante toda la cena.



BOMBA INTELIGENTE

La mujer y el niño tenían miedo del proyectil. Éste, en cambio, era una bomba inteligente y no quería hacerles daño. 



OTRA HISTORIA DE LOS TRES OSOS

            En primer lugar, Ricitos de Oro mató a Papá Oso, para usar su piel como alfombra de la sala de estar. A continuación, cazó a Mamá Osa, y se hizo un abrigo para el invierno. Más tarde mató a Bebé Oso, y se hizo unas cómodas alpargatas.
            Solo después, cuando se dio cuenta de que ya no quedaban osos, Ricitos de Oro comenzó a llorar desconsoladamente… aunque sin dejar de mirar de reojo a las pequeñas marmotas que la observaban desde la distancia.