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domingo, 6 de mayo de 2012

Microrrelato: Más allá de las montañas del Este

Bultlán, de Velenia, había cabalgado durante varias semanas hacia la puesta del sol. Era el guerrero más temido y poderoso de los reinos de Poniente. El rey Tholises IV le había encargado a él y al grupo de hombres que le acompañaban, la misión de descubrir qué se ocultaba más allá de las agrestes cordilleras. Se decía que al otro lado de los altos picos, coronados por nieves eternas, se extendía un reino que llegaba hasta un inmenso y desconocido mar. Pero nadie que había viajado hasta allí había retornado para contarlo. Tholises sospechaba que tras esas montañas debían esconderse riquezas infinitas y ricas tierras de cultivo. Ansiaba apoderarse de ellas. Por eso había enviado aquel grupo de exploración.

Tras atravesar las montañas por un paso descubierto casualmente, Butlán y los suyos se encontraron ante una extensa planicie. Estaba desolada, y su tierra era estéril. Durante varios días la recorrieron, y no fue hasta el octavo que atisbaron el mar y, junto a él, una extraña e imponente edificación, en parte derruida. Estuvieron entre sus ruinas, removieron los escombros y recorrieron todos los alrededores buscando indicios de vida. No tuvieron éxito. La expedición de Bultlán de Velenia regresó y comunicó a su defraudado rey que no había nada vivo más allá de las montañas del Este. Pocos días después, sobrevino una extraña enfermedad, que exterminó a la población del reino de Tholises IV. El rey, como si fuera un castigo divino por haber mancillado una tierra prohibida, fue de los primeros en morir.

Quizá, si hubieran entendido el idioma de aquella civilización muerta, Bultlán y los suyos hubieran leído los enormes carteles que se encontraron a lo largo de su camino, y que también circundaban la edificación en ruinas, y que decían: “Zona contaminada. Peligro bacteriológico”. Pero, claro, tendrían que haber conocido –y la Época Oscura no daba para tanto- qué significaba aquello y cuáles eran sus efectos sobre las personas.

Francisco J. Segovia©Todos los derechos

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