sábado, 21 de enero de 2017

Relato: El coma



            Thomas Landis no falleció en el terrible accidente de tráfico que acabó con la vida del resto de pasajeros del autobús. Cuando despertó del coma, dos meses después, deseó estar muerto, y no vivir en un cuerpo paralizado completamente. No podía moverse, ni hablar siquiera, y solo se expresaba con su mirada desesperada, a la que nadie prestaba interés. Si hubiera podido clamar una muerte rápida lo hubiera hecho enseguida, pero a su alrededor todo el mundo se empeñaba en mantenerle con vida, aunque fuera como la de un vegetal; sin sentido, sin un fin concreto.

            Así, a lo largo de los meses siguientes Thomas fue acumulando odio en su cuerpo exánime. Su mente, que permanecía lúcida y más activa que nunca, pergeñaba mil planes para acabar con la enfermera, o con el asistente, y también con los médicos, y con los familiares que venían a verle cada vez más espaciadamente. Todos se habían convertido en sus enemigos, y todos le merecían el peor de los destinos.

            Justo cuando se cumplió un año de su accidente, el doctor Bernard Hardy, que le atendía, falleció en su casa en un extraño accidente cuando se electrocutó en la bañera al caer en ella la radio que escuchaba, y que estaba conectada a la corriente eléctrica. Días después, una enfermera y un asistente morían en el mismo hospital, al precipitarse por el hueco de las escaleras desde un quinto piso… Hubo varias muertes más, todas de personas relacionadas con el paciente Thomas Hardy que, sin embargo, no podía ser acusado de nada porque seguía inmovilizado en su cama del hospital. Sin embargo, Laura Schutz, médica responsable de Thomas, lo acusó públicamente de ser el asesino de todas esas personas, aunque no pudo explicar cómo lo había hecho. Desesperada, una noche que estaba de guardia llegó hasta la habitación de él y le asestó varias puñaladas que acabaron con su vida.    Una vez muerto, Thomas Landis se sintió feliz: tras su venganza había consumado su deseo: que alguien diera fin a su existencia…


Francisco J. Segovia©Todos los derechos

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