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domingo, 12 de noviembre de 2017

Relato: La planta roja



LA PLANTA ROJA

            Los laboratorios McPherson&Murphy, de Glasgow, Escocia, habían experimentado en secreto durante años con un peculiar espécimen de una planta hallada en la selva tropical. Los fondos destinados a la investigación eran cuantiosos, y el anónimo mecenas había pedido que no cejaran en su empeño hasta descifrar todo el ADN de la planta, a fin de obtener una determinada mutación.
Los doctores Stevenson y Orellana consiguieron hacer mutar al espécimen vegetal. El color rojo intenso de sus hojas y tallos demostraba que, al menos, habían conseguido crear un ejemplar único.        Solo faltaba que cumpliera las otras “características” que se habían solicitado en secreto. Hicieron la prueba… y alcanzaron un rotundo éxito. Rápidamente se pusieron en contacto con los intermediarios de sus inversionistas y les comunicaron la noticia. Días después varias avionetas sobrevolaron las selvas del Amazonas, en las proximidades de las grandes industrias de producción de la soja. Pasaban a baja altura sobre la jungla, y arrojaban pequeñas nubes compuestas de miríadas de partículas. Unas semanas después la jungla aparecía salpicada de manchas rojas: las semillas habían germinado y las nuevas plantas comenzaban a crecer en el rico suelo sudamericano. Pronto se descubrió para qué fin querían la mutada planta sus insaciables adalides: la frondosa selva del Amazonas era devorada por la nueva planta, cuyo ciclo de reproducción era muy breve pero destructivo; primero consumía toda la floresta de su alrededor, luego esparcía sus semillas al viento en varias millas a la redonda y después moría y se transformaba en polvo, formando una extensa y desolada superficie… apta para el cultivo de soja, al que no afectaba la plaga.
            Era un ahorro inmenso en tiempo y mano de obra, se dijeron los depredadores capitalistas, mientras se frotaban las manos y pensaban en los beneficios obtenidos. Las semillas, en cambio, ajenas a los intereses de los hombres, se dejaron arrastrar por los vientos y las corrientes aéreas, y empezaron a caer sobre todo el planeta…

Francisco J. Segovia©Todos los derechos

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