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viernes, 18 de mayo de 2018

Microrrelato: Schweinmann


            Soy un schweinmann entre las siete de la tarde y las once de la noche, aproximadamente. Cada día de la semana, todas las semanas del año. Creo que es así desde que recuerdo. Algo mal pasó en mi infancia para encontrarme sometido a estos cambios que me convierten en algo que detesto con todas mis fuerzas. Intento ocultarlo a todo el mundo, y lo he conseguido hasta ahora. En la ciudad, mis metamorfosis no hubiesen pasado desapercibidas pero, en el campo, entre plantíos y pastizales para el ganado, no tengo excesivos problemas. Afortunadamente, mi conversión en bestia no impide que mantenga mi intelecto humano. O, quizá, desafortunadamente, porque me gustaría no ser consciente de mi aspecto físico.

            Hasta ahora no he tenido problemas de supervivencia, ni he puesto a nadie en peligro. En alguna ocasión, sin embargo, he tenido que huir de bestias semejantes a mí, que me confundían con una de ellas y pretendían hacer conmigo cosas que no necesito narrar a los lectores inteligentes que puedan imaginárselas, pero siempre conseguí salir airoso de esos desagradables encuentros. Durante un tiempo no estuve cómodo con la situación. De hecho, temí caer en un estado depresivo que me llevase al suicidio. ¿Cómo podía decirle a nadie cuál era mi problema? Hubiera sido objeto de escarnio, de burla, incluso de desprecio. Por fin, una mañana de verano en la que leía bajo la sombra de una higuera, descubrí un párrafo de un ilustre filósofo, y entendí.

            Las palabras son más importantes que su contenido, porque lo condicionan. O eso llegué a concebir. Busqué entonces en varios diccionarios el nombre para mi condición bestial entre las siete y las once, y hallé la palabra en un diccionario de alemán. Porque schweinmann, en definitiva, viene a significar hombre-cerdo. En eso me convierto todas las tardes-noches del año: en un cerdo. Pero, claro, la palabra, dicha en alemán, suena mucho mejor y no desagrada mis oídos ni a nadie que no conozca la lengua de Goethe.

Francisco J. Segovia©Todos los derechos


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